dissabte, 5 de desembre de 2009

ÚLTIMO CAPÍTULO. QUIÉN TE DIO PERMISO.

Mis queridos lectores....

El mundo que Amira ha querido mostrarnos durante todas estas semanas, llega a su fin. El Capítulo XI es efectivamente su último capítulo.

Os agradezco infinitamente a todos aquellos que habéis seguido la historia vuestra paciencia y vuestro tesón.



Para los rezagados:

Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII
Capítulo IX
Capítulo X


QUIEN TE DIO PERMISO. CAPÍTULO XI y ÚLTIMO.

El doctor había hecho una de sus ya habituales visitas, que en los últimos meses se habían convertido en casi una rutina, a la familia Miraflores. Como siempre, tras la oportuna auscultación y la realización de la batería de preguntas que venían a ser siempre las mismas, y para las que prácticamente no había novedad en las respuestas por parte de la paciente, el doctor se reunía con María en el salón para determinar si había cambios en la medicación o si se habían precipitado o no los acontecimientos.

María y el doctor se habían acomodado en la sala de estar, con las cortinas de brocado recogidas a ambos lados de la cristalera mediante sendas lazadas amarillas, por lo que la luz del día inundaba literalmente el salón a través de las enormes cristaleras que daban directamente al porche y al jardín delantero de la casa, descubriendo todo su colorido y suavizando las formas y ornamentos que tanto abigarraban el espacio con la luz artificial de la imponente lámpara de techo. María se encargaba todas las mañanas de abrir las cortinas para dejar que la luz iluminara la estancia bañándola a ella también, le gustaba aquella parte de la casa. El doctor se había sentado en el sillón favorito de Roberto, que no participaba en los cónclaves médicos por resultarle demasiado penoso, y María en el que siempre solía ocupar, uno frente al otro, con un par de copitas de vino dulce sobre la mesa de cristal giratorio.

- Lo siento María , le quedan apenas unos días de vida. Los últimos análisis y la biopsia que le hicimos han certificado que el cáncer se ha extendido por todo su cuerpo. Lo único que puedo hacer es facilitarle un final lo menos doloroso posible. Aún tiene capacidad para comunicarse, pero dentro de poco ya no podrá hacer ni eso. Lo siento mucho, de veras.
- Ha vivido una vida plena rodeada siempre de los suyos, doctor, y de la muerte no se escapa nadie, como usted bien dice deberíamos prepararla para la mejor muerte posible, es lo único que podemos hacer


Aquí mismo, sentada en una banqueta a los pies de esta cama, me hubiera gustado componerle una canción, pero la música se ha mudado a kilómetros de esta enorme cama con dosel y columnas corintias, se ha alejado cojeando entre carcajadas que no saben reír, y que ahora llenan la espaciosa habitación. Cuánto había disfrutado de pequeña de la libertad de poder entrar y salir cuando quisiera de este cuarto, todo un privilegio vetado de manera absoluta al resto de la familia.

En este verano malicioso que más parece un enero redoblado, he saludado con el alba a esta gran mujer todos los días, por entre los matorrales perpetuos de este desierto mundano que habita entre mis diez dedos, como si esta habitación fuera un simple ring capaz de sacarnos de lo absoluto y de lo miserable, arrancarnos este sabor a hecatombe, abrir el ventanal en las horas de sol para renovar el aire, ese aire que parece un polizonte que llevara consigo un memorial de mañanas heladas en pleno verano, donde el vapor sale de las bocas como locomotoras perdidas entre la más fantasmagórica de las madrugadas, ese aire que inevitablemente acababa oliendo a enfermedad, a final próximo, a despedida grave.

Qué pequeña pareces ahora, Victoria, medio incorporada en la enorme cama, con el aún abundante y fino cabello níveo peinado hacia atrás, y recogido en un moño bien alto, no has perdido ni una pizca de coquetería a pesar de la edad, con toda la dignidad arrugada por la experiencia y los años vividos, entre lo que hay y entre lo que no hay vuelvo a ajusticiar el pulso, levantando las cajas que se te han caído de los años, sólo para tener el privilegio de dejarlas sobre la mesa muda de mil consejos que nunca olvidaré.
Te has ido encogiendo lentamente pero tus ojos de ese intenso azul claro, a veces casi frío, siguen alerta, tanto como tus huesos quietos que son ahora resonancias entre los claveles del jardín, qué pequeña pareces… te estás despidiendo..... de todo, de todos.... de la pesadilla que viene al sueño violándolo de una manera poco decorosa (si es que hay violaciones elegantes), de las sombras que empañan los edificios y nos aturden, de los detalles de un abrazo, de tus castillos de alambres y cenizas, y en esa despedida íntima, todavía tienes el coraje de dedicarme tu más tierna sonrisa, a mi, a la niña de tus ojos, a tu princesa. Todo tiene importancia menos la vida..... qué pequeña pareces....


La noche había sido muy larga, y Amira había estado leyendo para ella en voz alta, atendiendo a sus deseos. Lo había hecho como en tantas otras ocasiones, como cuando inventaban historias juntas en la vieja buhardilla las tardes de verano, partiendo de entornos y personas conocidas para acabar deformando la realidad a su antojo y reírse juntas de las más estrafalarias coincidencias con la realidad, y...., a veces, ni siquiera tan estrafalarias, precisamente ahí radicaba la comicidad de la cuestión. Se reían juntas del mundo y de sus gentes y disfrutaban haciéndolo.

La miró expectante, esperando con ansia su veredicto, el más preciado de todos.

Ella volvió la cabeza lentamente, apartándola de la luz que se filtraba por entre el cortinaje color verde oliva, a medio echar, y que no acabada de cubrir del todo la gran cristalera del balcón abalaustrado.

- Es la mejor historia que has inventado jamás, preciosa.
Pero procura que quede entre tú y yo. No estoy demasiado convencida de que algunos miembros de esta familia no se sintieran un tanto molestos con ciertas similitudes poco… digamos… generosas..
- Creo que esta vez sí nos hubiéramos reído hasta reventar, abuela!
- Casi me he sentido molesta hasta yo! pobre tía Aurelia… al menos a mi me has otorgado la crueldad de la inteligencia.
- Son delirios en blanco y negro Victoria, ya me conoces…
- Sí cielo… te conozco muy bien, por cierto entre los personajes de madre e hija, la voz es muy similar, deberías plantearte una pequeña revisión para dotarlas de más carácter, no me interpretes mal corazón, ambas son fantásticas, y por supuesto el hecho podía quedar justificado por, precisamente tratarse de madre e hija, pero sería interesante un ligero cambio de texturas, ¿no te parece?
- Lo pensaré, abuela, te lo prometo.
- Ah! y dime… ¿qué piensas hacer con Tomás?
- ¿El real o el imaginado?


Al cabo de dos días la enterraron, en una ceremonia sencilla, con los familiares directos y los amigos más allegados, como a ella le hubiera gustado.


Y al pie de su tumba, dentro de una funda de plástico transparente para resguardarla de las inclemencias del tiempo, una pequeña libreta de piel girada algo gastada por el uso y el sudor, como último tributo a los delirios monocromáticos que tantas veces actuaron como remedio para la voz de una Reina hacedora de hechizos, una etérea alianza con el viento ausente sólo para pronunciarla.


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"Quien te dio permiso", novela corta merecedora de accéssit y mención especial en el certámen de novela corta Katharsis 2008.

5 comentaris:

Amando Carabias María ha dit...

Pues llegamos al final. Ocultaste bien la verdadera trama. Creo que hablas de una cosa fundamental, de la capacidad de crear historias. Hablas del trabajo cotidiano del escribidor que, por mucha fantasía que use en su labor, siempre parte de algo... o alguien... conocido y después juega, simplemente juega...
¿O es a la inversa, es la ficción la que se oculta tras la apariencia de la realidad?
Gracias por estas semanas.

Pedro Ojeda Escudero. ha dit...

esa libreta envuelta en plástico...
Se sigue con interés: enhorabuena.

Luisa Arellano ha dit...

Voy un poco rezagada, por problemas ajenos, pero en estos días de puente tengo que terminar de leer este relato que me tiene enganchada. Ya lo tengo todo copiado y me lo llevo para leer fuera de la pantalla.

Es que soy clásica. :)

Besitos, narradora.

Soledad Sánchez M. ha dit...

Marian, sorprendente...

Un beso.

S.

Cesc Fortuny i Fabré ha dit...

Qué recuerdos.