dilluns, 21 de setembre de 2009

Quién te dio permiso. Capítulo II.

Hola de nuevo, mis queridos lectores... ¿queréis seguir con nuestra historia? os invito a conocer un poquito más, tan sólo un poco.... Mmmmm....

Para los que habéis llegado tarde y queráis iniciar la lectura del primer capítulo clicad AQUI

Vamos pues....



QUIÉN TE DIO PERMISO. CAPÍTULO II.

Puede que los estados de ánimo sean endémicos, capaces de infectar las cosas, los muebles o los lugares, siempre he creído que los objetos también tienen alma y si la tienen, entonces ésta podría ser vulnerable y estar expuesta al exilio, como lo estamos todos.

Un luto permanente duerme en la memoria de la gran sala de estar situada en la primera planta, cruzando el descansillo a mano derecha, tras la gran puerta acristalada, y sinceramente, nunca he entendido el motivo por el que las cortinas de brocado granate ejercen de guardias de seguridad encargadas de no dejar pasar la luz bajo ningún concepto. Siempre se mantienen férreas en su papel de jueces a punto de condenar a cadena perpetua a cualquier elemento exterior.

No sé cómo se las arreglaba allí dentro la vida para seguir respirando envuelta en el viejo papel pintado de motivos florales, y rodeada de enormes cuadros, bodegones y pinturas campestres en su mayoría, que por fuerza tienen que indigestársele, con esos inmensos marcos de trabajada caoba oscura y perfiles abigarrados, pendiendo en hilera desde los altos techos de la sala hasta poco antes del friso verde oliva que abraza el perímetro inferior de las paredes hasta el suelo.

De haber podido entrar, a la mañana le hubiera dado un jamacuco, de eso no me cabe ninguna duda, pero la que lamentablemente estaba a dos pasos de la puerta, no era la mañana.

- María, ¿no vas a hacer hoy el te? Sabes que siempre lo tomo a las cinco y media, querida, o al menos a estas alturas deberías saberlo. No creo necesario recordarte que tu deber es, al menos, intentar ser una buena esposa.

Inconfundible. Esa es la boca de mi padre. Roberto Miraflores, Don Roberto como le llaman en el pueblo. Seguramente está sentado en su sillón favorito, todo él de palisandro y tapizado en pana bordó, un tanto desgastado por el uso, pero todavía altivo y digno con su respaldo capitoné de contornos redondeados. Recuerdo perfectamente cómo solía colarme en la sala para imitarle cuando era pequeña, sentarme en aquel sillón de patas acanaladas me hacía más alta, más fuerte, casi invencible, con un cojín bajo la falda para simular su volumen…en aquellos momentos, hasta mi alma descansaba en la talla central de flores, y apuntalaba el aliento en los apoyabrazos sinuosos, yo creo que crecía diez centímetros más para alcanzarle. Pero de eso hacía milenios, tantos que haría falta buscar en el dobladillo de mi sesera, en aquel lugar donde se guardan los recuerdos informes, y allí puede que encontrara alguna bolsita amarillenta de monodosis solubles de su cariño, pero es tan sólo una improbable posibilidad.

No tengo ni la más mínima idea de si le ha dolido decirlo….al menos decirlo de ese modo, aunque imagino que no, porque esa es su manera venenosa de dirigirse siempre a mamá y lo que me ha enseñado a odiarle.


- Claro querido, por supuesto. Disculpa mi torpeza, voy enseguida, ¿necesitas algo más?.

- Hoy quiero tomarlo en el juego de porcelana que mi madre guardaba en la vitrina de caoba, aunque no sea domingo.

- Por supuesto, ahora mismo lo preparo, ¿quieres que saque también la bandeja de plata?


No me explico qué diantre vio mi madre en él, ella precisamente, que es como un lunar en el escote del sol, una chispa de luz con suficiente “savoir faire” como para tomarse un aperitivo con los ángeles … en fin, imagino que el infierno también tiene sus héroes.


- Hola mamá, estaba a punto de entrar a preguntarte si vienen esta noche.

- Debo preparar el te de tu padre y ya voy con retraso, ¿te apetece una taza? acompáñame a la cocina ¿quieres? De paso podrías hacerme un favor, coge el estuche de piel marrón de la mesita donde dejo siempre la costura, y comprueba que estén todos los utensilios para que tu padre pueda fumarse su pipa, recuerda que el estuche tiene doble fondo, repasa todos los compartimentos por favor, que no falte nada en ninguno de ellos, ¿de acuerdo?

- Mira mamá, yo cojo el estuche y te lo llevo a la cocina, ¿vale? Mejor lo repasas tú que te lo sabes de memoria, yo no tengo ni idea de los aparatejos que se necesitan para fumar en pipa.

- Me parece bien hija, es sólo echarle un vistazo que no quiero oírle si faltara algo… ya sabes lo escrupuloso y metódico que es… para todo.

- Seguro que te prepararía un precioso paquete de reproches con lazo rojo de satén!,A veces todo él parece una especie de parche colocado en el lado equivocado, inútil. Si Dios fuera pirata, patentaría su ADN sin perder un minuto. ¿Sabes? Creo que ha conseguido infectarte, es como si fuerais adictos a una especie de compostura rancia sin la que os sintierais sin coordenadas suficientes para cruzar a nado vuestras vidas.

- Amira! no te consiento…., no sé para qué me esfuerzo, mira, no te me pongas a filosofar ahora Amira, que no hay tiempo, anda, ve a por el estuche que te espero en la cocina.

A veces, cuando la imagino dejando lentamente la costura sobre la mesita de centro con el tablero giratorio de cristal que tanto le gusta a mi padre para dirigirse a ese otro territorio en el que la familia Miraflores Casademunt cena a diario por miedo a que se ensucie el solemne comedor, querría lanzarme a su yugular, zarandearla hasta que fuera capaz de reaccionar, hacerle daño si fuera preciso para que pudiera abrir los ojos, cualquier cosa antes que verla rendida, con esa mirada pidiendo siempre limosna en las esquinas de un corazón que parece no haberle pertenecido nunca, tan sumisa y ausente que seguro que su sangre debe latir en blanco y negro, me duelen tanto y tanto esos huesos tristes.

Victoria me contó una vez que había habido un tiempo en el que mamá era todo risas. Un tiempo de correteos alegres vestidos de blanco, de juegos de mesa a media tarde, de reuniones familiares con jarras de limonada fresca y lavanda recién cortada, un tiempo de ilusiones jóvenes que se expandían por la casa provocando una sonrisa sincera, sobre todo por parte del abuelo Ernesto. Yo ni siquiera puedo soñarla así…


- Toma, aquí tienes el estuchito de marras, total ni siquiera ha levantado los ojos del diario, hasta su papada dormitaba con los titulares…. No sé para qué tantas molestias. En realidad me da pena, ¿sabes mamá? yo creo que ya no es más que un pobre diablo desde hace una eternidad, parece que no tenga otras pretensiones que las de no dar de qué hablar y respetar las normas “de la gente de bien”, de tan simple resulta atrozmente insulso.

- Hija! Un poco más de respeto por favor! …

- Vamos mami… que estoy viendo esa sonrisa que pasea como puma por el perímetro de tu boca… no empieces tu también con eso de las formas correctas.

- ¿Pero quién te ha enseñado a hablar?

- Mas bien pregúntame quien me ha enseñado a pensar.

- Podría oírnos alguien…por favor! Vale… está bien, no pienses que no te entiendo. Mira cielo, en esta casa parece que siempre se ha jugado a hacerle la competencia a tus bisabuelos. Eran extremadamente rigurosos, el respeto al nombre familiar era sacrosanto, como lo eran la decencia y el buen comportamiento social. Y eso fue lo que heredaron todos los demás, rectitud y rigor, nadie estaba a salvo. Algunos supimos relajarnos cuando el Señor se los llevó, pero otros honran su memoria casi con avaricia. Como dirías tú, se quedaron “oliendo a carcamal” para los restos. Pero no sirve de nada quejarse Amira, esto es lo que nos ha tocado vivir.

- Mamà… mamà. A veces me da la sensación de que llevas toda la pena del mundo sobre tus espaldas… deberías sonreír más a menudo, estás muy guapa cuando lo haces.

- Hija mía, mi niña… recuerda siempre que cuando no tenemos motivos para reír, la dignidad puede echarnos una mano. Si vivimos con dignidad, nadie sabrá de nuestras penas.

- ¿Es eso lo que haces tú? ¿Te llenas los pulmones de aire digno? ¿te hace eso sentirte más ligera? Pareces tan cansada, mamá… no estoy muy segura de que tu dignidad te sirva de antídoto para cualesquiera que sean los fantasmas que se echan la siesta en tus ojos.

- Ya estamos otra vez…anda, baja de las nubes y que conste que si te permito ser tan descarada es porque no quiero que sufras las vejaciones morales de esta maldita humanidad, dulzona, correcta y pulcramente condenada a sus propias miserias. No, tú no. Tápate siempre la nariz Amira, que tanta pulcritud apesta. Ese hedor se introduce por todos los poros de la piel y acaba siendo parte intrínseca de cada uno de nosotros. Prométeme que te taparás la nariz y que en ningún momento aceptarás ser una condenada más, prométemelo!

- ¿Quién hablaba raro? Te lo prometo mamá, me taparé la nariz y alistaré a mi alma en las filas de la resistencia, no te preocupes, no podrán poner a dieta a mi “mala educación”.

- Siempre consigues que a pesar de todo, me ría con ganas, eres una diablilla.

- La tetera ya ha empezado a protestar. Espera, deja que te ayude, ¿dónde tienes el paño cuadrado que bordaste? El del bodegón de flores en el centro, aquel que lleva un fleco de hilo dorado alrededor.

- En la alacena, hija.

- Mami… ¿quieres girarte un momento, por favor? Esto está forrado de aparadores, armarios, alacenas y hornacinas, y para más guasa son hasta del mismo color y como no podía ser de otra manera, todas están ancladas a la pared a la misma altura, exactamente tres palmos por encima del mármol que, por si no te habías dado cuenta antes, da la vuelta completa a la cocina y menos mal que a alguien se le ocurrió dejar espacio para la puerta… dime, ¿te importaría ser un “po-qui-tín” más explícita?

- Voy a tener que darle la razón a tu tía, hija…. Si no fuera porque me caes bien…. Está en la segunda estantería de la alacena situada inmediatamente a la derecha del fregadero, ¿te parece mejor así?

- Mucho mejor, gracias. ¿cojo esta bandeja?

- No, tu padre quiere la de plata, ¿vas a por ella? está en la vitrina de la esquina del fondo del salón, la que está al lado del reloj de cuco, en el estante superior encontrarás el juego de porcelana, la azucarera y la bandeja , las cucharillas deben ser las que llevan grabado el escudo familiar y no otras, ¿lo recordarás?, están en el primer cajón inferior pero ten mucho cuidado al abrirlo, utiliza el bocallave con suavidad o se encallará, ¿he sido lo suficientemente explícita?.

- Sí, señora, por cierto… ¿me descalzo? No quisiera que mis zapatos tuvieran un “affaire” con alguna de las tropecientas alfombras …

- Esa sorna…son cuatro querida, cuatro alfombras… anda, ve de una vez.

Quizá sean cuatro, lo admito, son cuatro, pero tapizan el suelo por completo. Es tan denso el aire en esa sala… la única realidad de las moléculas de oxígeno atrapadas allí dentro debe ser que la luz es tan sólo un dato amarillo incapaz de reinventarse. Para colmo esa enorme y pesada lámpara de araña dirigiendo la orquesta desde su rosetón central… no me extraña que las almas se adelgacen entre esas paredes.

- Que guapa sigue siendo, nuestras vidas podrían haber sido tan diferentes… Jamás sabrá lo mucho que amo su recuerdo, cuando llegó a esta casa. Alta y delgaducha con su vestido blanco de algodón, su falda de vuelo ancho cubriendo las rodillas… perfectas. Zapato plano de punta redonda que cubría los dedos pero no el empeine… ese empeine delicado. Lo llenaba todo con sus sonoras carcajadas, con su desenfadado ir y venir, casi siempre correteando por la casa, como una niña. Casi siempre de blanco… y riendo.

- Sí… como una niña, eso era lo que era entonces. Inocente, sana y transparente. Pero las cosas se hicieron de la mejor manera posible, Roberto, de la única manera posible. Y ahora todo está donde tiene que estar.

- Dios… ha pasado tanto tiempo….

- A fin de cuentas le has dado una buena casa, un apellido respetado, y no pasáis estrecheces, deja ya de atormentarte, Roberto, llevas demasiado tiempo viviendo en el pasado.

- Quizá tengas razón Antonio, la verdad no me deja olvidar ni perdonar…. ese es su castigo, y Dios sabe que también el mío. Intento mantener en silencio mi único reproche, lo intento Antonio, purgándolo desde mí mismo. No sé hacerlo de otra manera, no puedo hacerlo de otra manera…. Y lo lamento….

- Tú no tienes nada que lamentar Roberto, bastante has hecho ya.

- No lo entiendes, Antonio, me duele escupir veneno…. pero es ya lo único que me queda, el veneno que ella me dio….

- Perdón, no sabía que tenías compañía, papá.. tío Tono, ¿todo bien?

- ¿cuánto hace que estás ahí, Amira?

- Tan sólo venía a por el juego de te, ya me marcho, avisaré a mamá de que seremos uno más… nos acompañarás, ¿verdad tío Tono?

- Sí, me acompañará, cierra la puerta cuando salgas, hija.


(continuará...)

------------------------------------------------------------------------


"Quien te dio permiso", novela corta merecedora de accéssit y mención especial en el certámen de novela corta Katharsis 2008.

Fuentes de las imágenes:
Lámpara araña 3: Bar Marsella-Raval:
silviacasanovaslorenzo.blogspot.com
Interior casa victoriana:
Fine Art For Kids:fafk.blogspot.com/2009_01_01_archive.html
Taza de te: www.mundorecetas.com


3 comentaris:

Amando Carabias María ha dit...

Ya tenemos el primer conflicto, y pinta interesante. El mundo de las apariencias, el mundo de figurar por encima del resto. La pulcritud que preocupa. Y Amira tan poética en sus respuestas y tan libre, como un viento fresco en ese ambiente rancio.
Me parece fantástico el personaje de la madre... ¡Cuántas mujeres se han convertido en esa especie de esclavas sumisas...!

Isabel Huete ha dit...

Jo, Marian, no sé qué me gusta más si tu poesía o tu prosa. ¡Qué pasada! Me encanta esa historia, me recuerda incluso algunas cosas de mi familia, sobre todo las personalidades del padre y de la madre, y de Amira... :)
Eres un sol.
Besazos.

Soledad Sánchez M. ha dit...

Una historia fascinante, Marian.

Espero impaciente el próximo capítulo.

Un beso.

Soledad.