dijous, 19 de novembre de 2009

QUIÉN TE DIO PERMISO. CAPÍTULO IX

Mis queridos lectores....

Sigamos con nuestra cita semanal con Amira, su mundo....






Para los rezagados:

Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI
Capítulo VII
Capítulo VIII


QUIEN TE DIO PERMISO. CAPÍTULO IX.

Algo debe de quedar en mí de mi antigua sabiduría, la de los elementos y la de la tierra, la de las corrientes energéticas que se expanden erizando la piel, la de mis columpios desde donde se cazaban nubes y magníficos dragones que me regalaban nueces. Presentía un cambio en la tonalidad del día.


- Por lo que yo sé, Don Arturo y tu abuela se conocían desde jovencitos, prácticamente crecieron juntos y ha estado presente en nuestras vidas desde siempre. No sólo era el albacea y consejero financiero del abuelo Ernesto y de Victoria, si no que se profesaban una sincera amistad desde niños, por lo menos con Victoria. Ella siempre le trataba con mucha consideración y él... bueno, más que consideración yo casi me atrevería a decir que con cierta admiración, pero eso no es de extrañar tratándose de tu abuela ¿no te parece?

No contesté. Había notado claramente el nerviosismo de mi madre en la voz, la incomodidad en sus movimientos cortos y bruscos, tan poco habituales en ella, su torpeza en el trasiego de los platos y vasos que todavía estaban en el fregadero, fui perfectamente consciente de su turbación.

En ese justo instante, como si estuviera viendo un retrato de familia anclado en el tiempo, una pintura que hubiese interiorizado en alguna clase de historia del arte, recordé .....

“Sus grandes y negros ojos almendrados..., sus labios carnosos y bien definidos…”

La angustia, cuando asola esta ciudad gótica que a veces soy, en el momento justo y único en que Rimbaud se bebe a mi lado sus pañuelos infectados y maldecidos por su propio cólera, me deja tiritando. La sentía crecer desde el bajo vientre, atravesando matorrales sin sentido, sin veredas, presionándome, obstruyendo el paso del aire, para sumergirme en la no existencia. Por un instante no soy más que algo hiper-ventilado que abre y cierra espasmódicamente las ventanas cuando parece que el viento quiere derribar el vidrio protector de una mirada. Me estaba ahogando.

Me disculpé por no sentirme demasiado bien y me encerré de nuevo en mi habitación. En esa soledad que se siente cuando te vencen los acontecimientos, cuando no dependen de uno, cuando sencillamente se es un mero espectador de algo ya decidido, de algo ya tramado y resuelto unilateralmente. Cuando ya no hay opción, cuando uno ya no es parte integrante del tablero, de la gran partida. No, de repente la partida ha finalizado y alguien te lo cuenta, y la impotencia y la soledad te dejan desamparado y solo, ante ti y contigo, o con lo que quede de ti,..con tu sombra. ¿Cada cuántos silencios seré capaz de cerrar los ojos para esperar que se vaya la palidez del malestar?





“¿Donde nos habíamos quedado madre?

Ah si, ya recuerdo, mi boda. Rápida y discreta, como tenía que ser. Pero no podía quedarse así, tenía que seguir enredando la madeja, en modo tal, que todo acabara estando perfectamente cifrado, dulcemente escondido, dentro de un marco de buenas costumbres según mandaban los cánones…. Así es que aun quedaba mucho por hacer, ¿no es cierto madre?

Y lo hizo…. Vaya si lo hizo.

Con una determinación absoluta muy propia de usted, mi “querida” madre, se resolvió que ella viniera a pasar una larga temporada con nosotros, con el honrado fin de cuidar de su cuñada, que al quedar embarazada había sufrido un decaimiento generalizado que la había dejado muy débil y casi postrada en la cama, así que mi pobre Marta, se convirtió de repente en una moza enfermiza y tremendamente necesitada. Al estar yo tan ocupado con los asuntos del bufete, (bien se encargó usted de repetirlo a cuantos quisieron escucharla) pues claro está, no podía prestarle la atención necesaria a mi mujercita, que además, al ser primeriza estaba asustada y se quejaba continuamente de su tremenda soledad. ¡Por Dios madre! Cuando repaso los acontecimientos de mi asquerosa vida me doy cuenta de lo mucho que le deseo el infierno y ni siquiera sé si la más larga enfermedad degenerativa podría ser penitencia suficiente para alguien de tan malévola calaña.

Que amable que fue la familia, cuanta consideración y buen corazón demostraron para con nosotros. Cuanta preocupación debíamos causarles que hasta mi hermano accedió de buen grado a separarse de su muy amada esposa para que pudiera venir a cuidar de mi Marta, con la promesa, de que una vez nacido mi hijo, volverían las dos juntas con el recién nacido para que todos pudieran conocerles. Qué amables fueron todos…. ¿Verdad madre? ¡Cuan unida ha estado siempre esta familia!

¿Qué pretendía usted madre? no tengo claro si fue una perfecta estratagema para esconder lo que debía esconderse, o bien fue una regalo para exculpar su inclemente proceder. Fuera como fuera, al menos pude disfrutar de algo más de once meses en su compañía, tocando el cielo con las manos en la más plena y reconfortante gloria. Si Dios ha existido alguna vez, fue entonces.

Cuando llegó apenas se notaba su reciente gravidez, solo quizá en su mirada, que hablaba sin palabras de un amor nuevo y diferente gestándose en su interior, Oh madre, que bella estaba, y cuántas y cuántas veces me sumergí en la profundidad de sus ojos, para entender… para comprender lo que se siente al estar doblemente vivo.

Fue el mejor y único motivo por el que acepté mi muerte, madre, ¿lo entiende? ¿Puede usted entenderlo? Y si he permanecido en silencio todos estos años madre, ha sido única y exclusivamente por mi hijo, así que no dude ni por un sólo momento, que si veo peligrar su estabilidad, no tardaré ni un minuto en hacer volar por los aires toda su estratagema madre, y no me importará a quién me tenga que llevar por delante, ¡Dios quiera que sea a usted!

Ahora debo dejarla madre, una vez más.

Desde mi tumba,y con toda mi rabia
Su hijo Francisco."

Mentiras, alucinaciones de dulce de almíbar, la atmósfera que se desprendía en aquellas cartas …. mentiras en el tablero de ajedrez frente a la reina blanca odiando a la reina negra que se acuesta sin decoro con el alfil blanco. Ya era la segunda lectura que hacía de la misma misiva, la rectitud en los comportamientos, el buen hacer, la supuesta unión familiar… era como si mis bisabuelos vinieran a buscarme con la pólvora incendiándose en sus chaquetas carcomidas por esa fauna cadavérica de una tierra agria. No hay más remedio que alzar las manos y dejarse apresar por lo predecible… casi podría jurar lo que nunca ocurriría, lo que nunca se diría …. nadie sabe dónde mueren las palabras que sólo son eso.


- No esperaba tu llamada ahora, me has asustado. Estaba leyéndolas, ni te imaginas… Tengo una idea, espera, voy a leerte una ¿vale? ¿preparado?

“Bien, madre,
(que impropia suena esa palabra refiriéndose a alguien que no debe saber ni qué significa ¿no le parece? Usted debería haber parido por encargo, sí, eso, al menos, hubiera explicado de algún modo su falta de sensibilidad, su frialdad letal que nos ha ido envenenando a todos).

Pero sigamos recordando madre, sigamos con mi historia, que es nuestra historia, o mejor dicho su historia, forjada paso a paso por usted, imaginada previamente en todos sus detalles y tramada hábilmente sin dejar cabos sueltos, muy a su estilo, muy a la altura de su maquiavélica concepción de la vida. Que asco me da, madre… ¡que asco!

Fueron once meses magníficos, con la dulzura de su presencia y mi entrega absoluta a la única esposa que he tenido y tendré jamás, la única no manipulada ni inventada, la única forzosamente real, aunque ello le pese madre, aunque le reconcoma hasta el último recoveco de sus entrañas, debo gritárselo porque fue la única vida que me dejó vivir, los últimos once meses antes de mi fatídica y calculada muerte.

Y llegó el momento, el infinito momento de la ternura más ávida que he podido sentir en toda mi existencia, y de la tortura más penitente que me ha tocado soportar desde mi ausencia, eterna, perenne.

Nació mi hijo, arrugado como el que más, con una tonalidad difícil de concretar entre el rosado y el anaranjado, y con su pelo negro enmarcando aquella carita desamparada y angustiada que no podía soportar la luz intensamente aséptica de aquel maldito quirófano. No puedo expresar lo que sentí entonces madre, y supongo que los latidos metálicos de su corazón, no le permitirán hacerse ni la más mínima idea de lo que se estaba forjando en nuestro interior, un vínculo directo perpetuado en la maravilla de un nacimiento, indefenso y frágil, pero nuestro, muy nuestro. Quise retener aquel instante para siempre en mis retinas para grabarlo en mi alma a golpe de sufrimiento, del sufrimiento que yo sabía iba a llegar en breve.

Tras el nacimiento de nuestro hijo, y gracias a su “inmensa benevolencia” - ¿se suponía que deberíamos haberle estado agradecidos para el resto de nuestros días?-, pudimos disfrutar de nuestras vidas hasta que finalizó el período de lactancia, ¿lo recuerda madre? Y ahí vino el acto final de su Gran Obra, el golpe definitivo que nos dejó a todos fuera de combate.

Usted se encargó personalmente de hacernos llegar a través del bufete la extraordinaria misiva donde definía con calculada clarividencia y minuciosa exactitud los pasos a seguir a partir de la recepción de su extensa y detallada carta. Ni una sola palabra de consuelo, ni un sólo gesto de aliento. Únicamente directrices que no dejaban resquicio alguno para las malas interpretaciones o las dudas.

Y así se hizo, mi esposa y yo, deberíamos preparar nuestra partida a la mayor brevedad, con la intención de que la pobre y débil Marta acabara de recuperarse en compañía de toda la familia, en la casa familiar donde se le prodigarían amorosamente todos los cuidados necesarios y oportunos.
Y para aligerar el viaje y minimizar en lo posible el inevitable agotamiento de Marta, el niño y su tía se reunirían con nosotros una semana después.

Y aquí vino el gran golpe de gracia de su ingenioso plan, oh madre, nunca podrá imaginarse mi estupefacción ante el seguido de líneas, con su trazo en azul intenso, de su puño y letra, que iban conformando mi futuro, nuestro futuro, el futuro de todos nosotros, o mejor dicho, el no futuro, la nada más absoluta que debía empezar en dos o tres días.

Usted misma nos dio muerte madre, ¿cómo pudo hacer tal cosa? Sólo alguien como usted podía haber ideado algo tan sublimemente negro. Únicamente alguien tan salvajemente despiadado podría haber planeado con tan calculada precisión semejante matanza. ¿Cómo puede seguir viviendo? ¿Cómo puede mirarse al espejo por las mañanas sin sentir vergüenza? La única solución digna hubiera sido el suicidio, pero claro está, eso no hubiera estado bien visto… Es usted la que debería estar muerta madre, usted es la única que merecía morir.

Desde mi tumba, y con toda mi rabia
Su hijo Francisco."


- Esta historia de príncipes, brujas y princesas no va a acabar bien ¿Sigues ahí Tomás? Ya te lo he dicho… sí, muy fuerte. ¿Cómo? ¿Y cómo quieres que lo sepa? Es fría y distante, una especie de monstruo… Si, todas van dirigidas a ella y más o menos en el mismo tono. No, a mi tampoco me extraña, yo tampoco lo hubiera soportado. ¿No te parece inimaginable alguien capaz de dirigir esas vidas convirtiéndolas en una patraña de desencuentros de manera tan concienzuda?. Todo ese amor enmarcado siempre en la muerte y la ausencia… ¿sabes Tomás? me siento muy próxima a ese sentimiento, instintivamente… desde dentro.. No, no, no te preocupes, estaré bien. Hablamos.


(continuará...)
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"Quien te dio permiso", novela corta merecedora de accéssit y mención especial en el certámen de novela corta Katharsis 2008.

3 comentaris:

Amando Carabias María ha dit...

Esto se va complicando y por otra parte se va aclarando. Se está enredando el retrato psicológico de lo que podría definirse (al menos a fecha de hoy, quizá mañana no) como una auténtica dictadora de almas y vidas.
Me sigue fascinando el texto.

Isabel Huete ha dit...

Como llevaba días sin leerte, hoy he podido "engullir" los tres últimos capítulos de un tirón y la historia está que arde. ¡Cómo me gusta! Es interesantísima.
Gracias por este rato de lujo que me has hecho pasar.
Besos grandes, so guapa.

Cesc Fortuny i Fabré ha dit...

Releer este relato me hace viajar en el tiempo. A lo H.G. Wells.

Muac!