dimecres, 4 de novembre de 2009

QUIÉN TE DIO PERMISO. CAPÍTULO VII

Mis queridos lectores....

Una nueva entrega de Quién te dio permiso os espera, a ver qué secretos descubrimos hoy....








Para los rezagados:

Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III
Capítulo IV
Capítulo V
Capítulo VI


QUIEN TE DIO PERMISO. CAPÍTULO VII

El aire se confunde con el aroma de los muertos y la sangre mana por mis venas como ríos desbocados buscando una salida; las neuronas se queman a propósito en sus naves ultra espaciales y mi cara busca una alternativa, pero el alma no entiende para qué. La sombra no se atreve a retar a la luz, esta oscuridad augura lluvia y nieve en las cercanías de un planeta todavía desconocido. Estoy en medio de un terremoto nocturno, y voy a cerrar la puerta.

Pasé el pestillo, necesitaba disponer de toda mi intimidad para poder desintoxicarme de los lobos, en mi propio bosque donde podía darle de comer a mis volcanes.

La puerta de madera maciza lacada en blanco me protegía de un exterior en el que hasta los perros olían a simulacro. Eché una mirada alrededor, del gran armario empotrado, entrando a la derecha, dueño y señor, tanto a lo ancho como a lo largo, de toda la pared lateral de la habitación, salían muchos gritos dándose codazos, no sé si era el la piel de gallina del miedo, o muchas personas aullando, pero la sensación a promesa, esta vez no sabía a caramelo si no a cadalso.

Me quité la ropa con una parsimonia autómata y contemplé la imagen casi cataléptica del cuerpo desnudo un tanto entradito en carnes que me devolvía el espejo de la puerta interior central, antes de endosarme el pijama.

Los pocos abalorios que llevaba encima se los tragó el cajón de la mesita de noche donde también habían ido a parar todos los caminos cortados por accidentes de la memoria, desde niña, un simple cajón guardaba los secretos de una mente contagiada de rojas explosiones, toneladas de azules infantiles, de sonidos submarinos que hacían juego con los collares que me hacía cuando jugaba a ser la princesa del sol.

Siguiendo el recorrido de tantas otras veces, -algo del metodismo impuesto a mis genes me obligaba- me dirigí hacia la pared opuesta a la del guardarropa, donde me sonreía la balconera oval que durante el día regalaba una luz limpia y agradable; corrí el cortinaje fino de algodón pensando, que la próxima vez debería acordarme de cerrar las cortinas antes de desnudarme. Abrí la cómoda de ébano con sobre de mármol que quedaba justo en la pared opuesta a la de la cama y extraje del segundo cajón el liviano reguero de “abras-cadabras” amarillentas.

Después, con la sensación de haber cumplido con el ritual, me tendí en la cama sobre la colcha floreada, acomodándome sobre un caos de grandes cojines, empecé a deshacer la cinta amarilla y me dispuse a preparar a mis pulmones para el inminente naufragio en la segunda de las cartas.




“Madre,

No puedo por más que pensar que usted ha perdido por completo la razón! Pero ¿es que no se da cuenta de lo que está a punto de provocar si sigue adelante con esta locura? Padre no ha querido contarme casi nada pero he aprendido a saber interpretar las distancias y los silencios, ¿qué es lo que pretende hacer, madre?

Si aun le queda un poco de sentido común, de aquel del que tanto hacía vanagloria, reflexione, mujer de Dios, ¿de qué habrá servido mi muerte si no respeta para siempre el pacto que usted misma selló con el silencio?, su inclemencia durante todos estos años ¡dejará de tener sentido!

¿Recuerda la razón, motivos y causa de toda esta vida anónima? No puede haberlos olvidado…. No, no dejaré que los olvide mientras me quede una brizna de aliento, se lo aseguro. Todo el dolor que me ha inflingido durante todo este tiempo no puede caer en saco roto, ¡no se lo permitiré!, aunque tenga que escupirle toda mi historia a la cara, sí madre, mi historia… que no es otra que la suya propia, aunque eso le escueza y corroa por dentro, ya es hora de empezar a decir las cosas por su nombre. Sí madre, ha llegado la hora de que suba también usted al patíbulo, y sea ajusticiada en honor a la verdad, le aseguro que no sentiré ningún remordimiento por apretar el gatillo y ser, precisamente yo, quién la fusile.

¿La recuerda madre? Por aquel entonces ella era joven y bella, muy bella. Sus grandes y negros ojos almendrados segaban cualquier intento de mantener el ritmo cardíaco con un sólo vaivén de sus largas y frondosas pestañas, sus labios carnosos y bien definidos invitaban al pecado sin dilación y su talle esbelto imponía hasta respeto. Su cabello ondulado del color del maíz tapándole los hombros… era una verdadera maravilla. Yo sé que, en el fondo, a usted también le gustaba.
Pero ¡hay de nosotros!…. Cometimos el más grave pecado de todos ¿verdad? Aquel que no podía decirse en voz alta, aquel que hacía falta enterrar antes de haberlo podido vivir, antes de haberlo podido ni siquiera imaginar. ¿No es verdad, madre?

Aun recuerdo su dura mirada aquella severa tarde de otoño, no creo que pueda olvidarla jamás, triste…quizá, pero también contundente. No hicieron falta las palabras, en aquel mismo instante supe que lo sabía, que de algún modo lo había adivinado, y eso…. sencillamente no podía ser, no tenía cabida ni posibilidad ¿verdad madre? Eso era poco más que un libertino escándalo, demasiado para el buen nombre de la familia. Creo que la trama de su Gran Plan debió empezar justo entonces, corríjame si me equivoco….

En su mirada, lo recuerdo tan claramente como si fuera ahora, no había sólo enojo, madre, había horror, un pavor orgánico que casi pude respirar, y aun tuve que esperar muchos años antes de poder entender su causa. La historia se repetía una vez más, ¿verdad?. Sí, claro que sí, y con toda su fuerza, con todos sus errores y sus goces, con todo su fuego, y usted se sintió revivir en un pasado demasiado turbio como para querer recordarlo. Ese fue el mayor motivo de su crueldad, sea sincera, ¡maldita sea!, al menos consigo misma madre, y tenga el valor de reconocer por una vez lo que usted y yo sabemos.

Pero en la vida cada uno recoge lo que siembra madre, y el destino le jugó una mala pasada. Por una vez, se rió de usted, de su gloria y de su poderío, esta vez el reino no fue suyo madre, no… esta vez el destino fue enteramente nuestro. ¡Y como lo gozamos!…, fue la vida más bonita que viví, la única que quiero recordar, el resto ha sido muerte.

Ahora debo despedirme, pero ni por un sólo segundo piense que no seguiré adelante en mi empeño por contarle toda mi rabia, mi frustración y mi ausencia madre, porque ni desde mi muerte he podido perdonarla. Usted no tiene perdón, no se lo merece.

Desde mi tumba,y con toda mi rabia
Su hijo Francisco.”


Un reguero de “abras-macabras” sí, y sin mayor sentido, me dejaron los labios casi desérticos, hubiera sido el almuerzo perfecto par las moscas si la saliva no se hubiera apiadado de mi garganta. En momentos así es imprescindible saber reconocer el bendito fuego capaz de seguir inflamando los surcos de la piel. Sé reconocer el fuego que habita mis callejones y me permite ver ciudades póstumas y sé reconocer también, al hombre que vuelve de la pesadilla.


- Sí, eso es todo de momento, ¿te parece poco?
No entiendo nada. Ya lo sé, pero es que no es tan fácil chico listo!
Que qué? Oye..oye… no te pases ni un pelo… eso no es verdad, para empezar mi pelo no es rubio… mira tío…., menos cachondeo vale? “mi talle” nunca ha sido esbel… anda ya! Voy a colgar…
Pero bueno ¿qué te pasa esta noche? Si lo sé no respondo al teléfono joder!
¿Desde cuando soy yo tan entrañablemente per-fec-ta? No, no me gusta el tono.
Mira, voy a colgar…
Esto es el colmo! Quién, yo? un halo de inteligencia misteriosa? ¿Has bebido?
Tú has perdido la cabeza! …por encima del resto de los mortales… sí, claro, claro.. estás fatal.
Ja! ¡Mis ojos no tienen “iridiscencias de color miel” y tampoco mudan de color! “del negro a un do-ra-do ca-si i-rre-al”…corro a llamar al médico… te encierran fijo… ¡basta ya Tomás! Pues sí, me estás molestando con tanta tontería… no entiendo cómo te aguanto.
Esto se acabó, ni un segundo más, cuelgo!
No, no te lo mereces. He dicho que no, ¡claro que voy a seguir!, no, tú no.
Ciao.


Como si se tratara de deambular a través de unas cuantas aceras enfermizas cuando uno ya sabe el camino, estaba claro que abrir una tras otra las dichosas cartas era el paso siguiente, abalanzarse, devorarlas, pero el bombeo de las sienes era insoportable, un tremendo dolor de cabeza se estaba adueñando de mi voluntad, mientras en mi mente a oscuras, se repetía mentalmente una descripción....

Por aquel entonces ella era joven y bella, muy bella. Sus grandes y negros ojos almendrados… sus largas y frondosas pestañas……, sus labios carnosos y bien definidos… su talle esbelto… su cabello ondulado del color del maíz tapándole los hombros…


(continuará...)
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"Quien te dio permiso", novela corta merecedora de accéssit y mención especial en el certámen de novela corta Katharsis 2008.

3 comentaris:

MiLaGroS ha dit...

Holas Bonita. Tendré que leermelos todos . Lo mio no es quedarse rexagada lo mio es perder la onda.
Aprovecho para mandarte muchos besos

Amando Carabias María ha dit...

¿Así que el secreto va a ser una mujer?
Esto cada vez se pone más ardiente, y más interesante.

Fermín Gámez ha dit...

Me encantan tus frases y tu estilo, como por ejemplo eso de "los perros olían a simulacro".
Eres genial, en expresión y en contenido.

Saludos.