
Me regalas pájaros de chocolate
sobre horizontes tan arrugados,
que ni siquiera caben en el cajón.
Pero yo siempre tuve la mirada
de los que ven más de lo normal
y las hebras del tiempo
llevan haciéndome entretenidos dibujos
desde hace tanto,
que reconozco al cuervo adolescente
asomado a la mentira de las calles,
la cicatriz del viento abrazada al mundo,
ese océano que agita al náufrago hasta hacerlo sangrar,
hasta verlo derretido
sobre los arenales del sexo conjugado
en futuro simple, por vocación,
y nado
como en un sacrificio,
una ofrenda entre los cadáveres que alimentas por las noches,
porque los sueños sucios
llevan en la boca mi supervivencia
y mastican la obscenidad de la tarde
y el rastro que dejan entre las cejas
los barcos ebrios de pensamiento
ellos navegan sin importarles las señales de socorro
que hacemos,
tú mirando la escena y yo tragando humedades.











