dilluns, 17 de març de 2008

UN PELOTÓN DE GLÓBULOS BLANCOS APOSTADOS A LAS PUERTAS DE SU TUMBA


Oigo voces, dicen que no ando bien de la azotea porque defiendo el volumen de los lugares santos donde los pigmeos se emborrachan con vodka y hacen puchinelas con lo que les queda de hombría entre los dedos. Es posible que la locura sea mi destacamento, mi unidad especial de luciérnagas amarillas, entrenadas para fabricar discursos forenses y abrir a cada cuarto de hora sus heroicas alas llenas de lluvia, con el único objetivo de recordarnos que el universo se mantiene en pie sólo por el riego afortunado de un mal poeta.

Transito entre sables impúberes y oigo voces, persisten.

De cada una de mis escamas nacen gritos y aleluyas, puede que sea cierto y esté completamente loco, pero a mi me parecen óperas que se dejan oír cuando los insectos hacen el amor sobre las piedras. Entonces, cuando llega el momento sublime del éxtasis y se respira la mentira desde el aire, me escribo correos con almas que tiritan de felicidad cuando el reloj de arena de su inspiración queda sobrecargado. Es una pena que a las pócimas les llamemos ahora estupefacientes, la ancestral hipnosis de nuestro más íntimo lenguaje está mutando hacia un efecto narcótico en el paladar -deforme pero adaptado a las necesidades actuales de nuestro tiempo-, una verdadera pena que no sepamos llorar sobre una pradera sin nombre, porque cuando el verde es el único color capaz de envenenarnos, es cuando comienza el festín y podemos alimentarnos con el orgasmo de cientos de estrellas lésbicas.

Es extraordinario el miedo que provoco cuando no me rindo, ¿verdad?. Soy el buen pastor de Lucifer y vendo abrecartas en forma de crucifijos, por supuesto ya no quedan cartas que abrir, así que ahora nos abrimos el pecho, aunque apeste. Yo soy la frontera del misterio, la hora cero en la que la nace la parálisis y todo se vuelve real y doloroso. No quiero lágrimas. La tormenta servirá para limpiarnos antes del combate y ungiremos nuestra piel con el olor rancio del ombligo de este infierno. Yo soy quien tiene potestad para besaros. No me olvidéis. Yo soy el que toca el tambor de esta tierra abierta, quien vivo en las fosas nasales del minotauro, la agenda donde la Santa Compaña anota su próximo baile, no lo olvidéis. Soy el que permite el paso por la aduana (aquí todavía las hay) a vuestra respiración, el cobrador de las tasas necesarias para que creáis que estáis vivos, el barquero que necesitaréis para cruzar aunque no haya orilla porque me demore en colocar la arena necesaria que inunde vuestro techo.

Temedme tanto como me amáis, y aceptadlo sin Apocalipsis. Ya que por lo visto ahora la demencia se viste con traje y corbata, y a la sabiduría plena se llega con un clik en wikipedia, no vale la pena dramatizar, me parece a mi.

Las voces siguen revoloteando a mi alrededor, me acusan, pero no fui yo. Yo no le delaté, hubiera podido pero no lo hice. Yo sabía que su sudor se escondía en el Bar de los que están a punto de ser borrados, luchando por sobrevivir de miedo e intentando cambiar el perfil de su frente para amoldarlo al perímetro de una copa de Champán. La última copa de Champán. Yo lo sabía, fui la pared que ve y oye en muchas ocasiones, fui su ventrílocuo aunque él no lo supiera. En realidad fui yo quien apostó un pelotón de glóbulos blancos a la puerta de su tumba para preservarle de una mala muerte. Yo no le delaté, le amaba, era un hijo más, como lo sois todos vosotros –mis pobres huérfanos- fue un buen soldado, sí, lo fue. Le acompañé hasta la última curva, por amor y por destino.

Me gustaría llorarle en paz, si estas voces me dejan tranquilo.

No me miréis así… no me rindo! ni se os ocurra toserme que os veo de reojo y todavía sé quién soy.

Me bastaría con levantar un solo dedo…. Así que… ni se os ocurra.