dimarts, 11 de març de 2008

HAY UN SILENCIO EXTRAÑO EN ESTE INVIERNO



Hay un silencio extraño en este invierno, como en una ciudad abandonada. Es muy probable que finalmente lo fusilaran porque hace mucho que no oigo los susurros de la sombra azul de las estatuas que solían saludarle desde el rincón más periférico del corazón, allí donde las emociones nacen con el sello de “defecto de fábrica” en la frente y son consideradas ciudadanos de segunda hasta por el tendero del quiosco de la plaza, que tiene canas ya, de tanto vender “glamour” de celofán en fascículos coleccionables.

Y lo más sospechoso es que la policía de la palabra hace turno doble en los ciber-cafés, escondidos tras revistas de arte y cuadros de fantasmas colgados en la pared. A mi no me engañan, los he visto deambular por estos suburbios, husmeando cualquier cicatriz, cualquier rastro de tinta no canonizada, y pensar que yo solía ponerme a rezar para preocuparle…. Pero aún así, aún los quedan con agallas… en la hora idónea para saludar, (sin que nos vean), a La Mujer -que guarda en el guardarropías de la conciencia las luces que no alcanzan a destilar más estrellas- han venido a decirme que habían visto mi nombre en sus pupilas. No sé, quizá murió de una sobredosis de inspiración, desollado de piel y humanidad. Puede que esa roja sutura en el cielo sea tan solo el reflejo de su sonrisa al despedirse.

Yo le prometí unas alas de polilla, un grito calvo de repuesto y mi garantía como disolvente del dolor, pero nunca creyó poder salvarse. Hasta llegué a prometerle una bolsita de chucherías con sabor a “buena- fortuna”, pero recuerdo claramente que me contestó que la única curación posible era el ataúd.

Una silla negra y un bosque de ultratumba. Da casi miedo este grito que retumba aún desde la cama, al fin y al cabo puede que los gusanos sean los únicos jueces válidos.

Mi sistema inmunológico también me ha traicionado, él lo sabía, estoy segura. Hace mucho que descubrí que intentar moverme no era amable y que el sepulturero me mira con codicia cada vez que intento cruzar la calle en esta comedia funeraria, por eso le echo de menos. Sí, le echo de menos con todos los dedos encogidos, guardo bajo las uñas pedazos rotos del espejo y rebusco en la zapatilla rastros de alambrada para hacer de su ejemplo una trinchera. No es fácil luchar en esta guerra, y para ser un héroe hay que morir primero.

En cierto modo el fue mi maestro, me enseñó a aferrarme al lápiz y a cerrar los ojos para ver mejor. Me hizo comprender cuántas eternidades caben en un segundo y cuán largo puede resultar la palabra dolor cuando frunce el ceño y se asocia con el vértigo. Echo de menos su paisaje horizontal de carne maltrecha, sus heridas sobornando al lagrimal de dientes blandos, ese eterno destiempo en sus ojos, como si fuera un sacristán de cera que no hiciera otra cosa que jugar con el señor de las moscas a descuartizar palomas, perdida ya toda la fe. La verdad es que nadie podía superarle con toda su resignación en el alma, nadie.

He estado robando flores por si descubro su tumba, pero me siento tan frágil... Ni siquiera estos malditos cinco dedos me acompañan, los muy hijos de puta. El pulgar y el índice se llevan no sé bien que “tejes manejes”, se pasan el día cuchicheando sobre si cerrar del todo el círculo que consiguen cuando se besan o tan sólo practicar una simulación en 3D de la espiritualidad que comercializan, no sé qué pretenden, pero sí tengo claro que no están por la labor de ayudarme, y en cuanto al resto, me miran con recelo, tienen miedo de morir porque no saben que ya están muertos. Hago como que no miro, pero les he visto confabular entre ellos, intentan convencer a la muñeca para que también me abandone en este túnel, esta cavidad fálica y oscura.

Y el tiempo no se rinde, esta misma mañana me han quitado los anillos, todos. Y ahora me están lavando con agua de rosas. Puede que me esperen ya en el paredón, que me hayan descubierto, que me sepan activista fiel de mi maestro y les de miedo que sea loquera y no loca.

Hay que resignarse, cuando la desnudez parece estar sufriendo la viruela, y resultan groseros cada uno de sus ademanes, sólo cabe esperar escupitajos, por haber roto los moldes, por haberse olvidado de rezar más y mejor, por no tener un alma “made in Japan” con la que invertir en Bolsa, por un sinfín de “por”, en definitiva; por cumplir debidamente con las obligaciones con el diablo. Me da en la nariz que no moriré de muerte natural, hasta puede que mi sangre sea la nueva limpiabotas de la esquina y la gente haga enjuagues bucales con mis cenizas.

Pero aún así, yo le seguiré hasta el infierno, ¿me oís? ¡Hasta el infierno! y escribiré de una sola vez todos los tomos de mi vida, cientos y cientos de hojas de la mejor calidad…, cientos y cientos, de la mejor calidad…
de la mejor calidad… en blanco.


Marian Raméntol.