dijous, 6 de març de 2008

EL DÍA EN QUE LOS VIOLINES SUFRIERON EL GRAN INSOMNIO




El padre le da una cachetada al hijo
por no ser más hijo
ignorando que le habla a un espantapájaros de fuego.
Roberto Cantele


Me he contratado como detective privado
para averiguar el minuto exacto en que la locura
se viste para ser feliz.

Mi almohada ya no recorre kilómetros
ni amanece con aliento a insecticida.
-ya no quedan arcángeles a los que proponer el suicidio-
y sólo preciso decirle “tú” al viento
para que él me responda “yo”.

Ahora sé por qué me quedé dormida
el día en que los violines sufrieron el gran insomnio.

Silencio,
la ternura de acariciar al cansancio también tiene sus derechos.