dimarts, 25 de juliol de 2017

Acróstico de Omar Crosa sobre versos de Marian Raméntol

Regalos que son joyas, lectores que son regalos, y mi gatitud siempre, siempre.
Gracias Omar Crosa por tanto mimo y cariño.

PUEDE QUE EXISTA EL INFINITO SOBRE LOS LABIOS


Para Marián Raméntol Serratosa,
reconstrucción, con su propio verbo,
homenaje leal por dedicarme este poemario.


Palabras salvajes garabatean el absurdo, para dolerte más, desde la soledad de los muros.
¡Recuerda que tenía que decir algo significativo recubierto con vinagre de frambuesa!
Intentando ocultar la próxima muerte he pagado con mi nombre el peaje del infierno:
Mi pasión por la boca del abismo mientras subo despacio por las resonancias de mis nombres.
Abrigado tantas veces por la luz del cartón a tan solo media esquina de la próxima farola
Renuncio a la vida mientras crezco robando un pedazo de luz al mundo y en un intento loco,
Infinito, perfecto y con la sangre cansada, quisiera desaparecer verde y tranquilo.
Al final de cada estrofa me quemo, ardo mientras me hago inacabable abrazado al vacío
De la soledad desamada, esa que hiere el lagrimal y revienta la respiración hecha hematoma.
El dolor repta por los trapos que guardan el invierno en el escote de los pronombres indecisos
Con los que suelo amordazar la lluvia, mientras montan a horcajadas sobre el poema.
Intento asirme, clandestino, al final de la frase, con el aire encadenado al luto de las venas,
Sin poder encadenar mis ausencias en el calendario: una profundísima raja en el delta del aire
Invertida y lóbrega sobre el azul del sueño: la posibilidad de mi boca me derrama
Vomitando los secretos empolvados de nicotina y malos humores, en el amor encendido de mis muertos.
A mi pesar, en el sabor ácido de la noche, brotaré primario, decisivo e inaprensible,
Emancipado de desapariciones y fantasmas, eximido de todos los puntos suspensivos,
Inmóviles y diminutos frente al desastre escondido en los márgenes, a solas con el mundo.
Nunca es tarde para zozobrar bajo el silencio o emanciparnos de la existencia en cada patíbulo;
Alguien pronuncia el liquen de mi sombra amansando el incendio que me anota,
Para morir encima mío y florecerme para la salvación, en diferido, por las venas del sol.
Roto por el talle y tan dilatado desde el vientre que me es imposible evitar la crucifixión,
El diafragma se contrae cuando envejece la noche y germino en los labios que verán mi muerte,
Navegando en las costas de ese marfil gastado que guardan las vísceras de los buitres:
Sospechosas de crímenes e incendios sobre la textura difícil de los sueños que no temen e
Impiden la hemorragia de los verbos que unos sobre otros cicatrizan bajo distintas lunas.
Blanco de esa región virgen del papel donde las palabras hacen voto de silencio,
La piel está quieta tropezando en el silencio y redonda cae de las alas, muere poco a poco…
En cada ejecución, en cada sepultura, puede que exista el infinito sobre los labios.

Omar Crosa

El poema "Puede que exista el infinito sobre los labios" pertenece al poemario citado en el acróstico "Primaria, decisiva e inaprensible"

Soy el aprendiz de poeta Omar Crosa. “Nacido en un lugar de Colombia de cuyo nombre no quiero acordarme” (del que fui desplazado –en brazos de mi madre y con escasos meses de nacido–, por hechos de intolerancia y violencia), en una fecha que “numerológicamente” me vincula, de manera inevitable, con “La Marca de la Bestia” –aunque no sé si reír o llorar por ello, puesto que según Ap. 13:18: “Aquí hay sabiduría: El que tiene entendimiento, cuente el número de la bestia, pues es número de hombre. Y su número es seiscientos sesenta y seis” –.
Catecúmeno criado, en Jericó, Antioquia, y pervertido en sus institutos; exiliado voluntario en Medellín persiguiendo otros horizontes, hoy mi lugar de residencia –tal vez definitiva–; dos hijos como mis más refinados poemas; de profesión: “ninguna culminada” –cuatro comenzadas– y que, con el desempleo en el mundo, tampoco he echado en falta. Servidor asalariado en diferentes tareas y escritor frustrado que para curarse el virus de la amargura, inoculado por el “buen trato” de algún instructor que a puntapiés quiso aliviar mi “enfermedad por los diccionarios”, derivó en autodidacta practicante del ejercicio lírico.