dijous, 9 d’abril de 2015

PRIMARIA, DECISIVA E INAPRENSIBLE. Nuevo poemario de Marian Raméntol




MARIAN RAMÉNTOL: EL YO ORGÁNICO
 
 Si mal no recuerdo, fue Ortega y Gasset quien nos previno del modo siguiente: «Toda realidad que se ignora prepara su venganza.» Lo dijo desde lo hondo de una de sus queridas disciplinas —la sociología— que por entonces, por los años en que Ortega transitaba, comenzaba a dar sus primeros pasos como ciencia atisbada y todavía más hondamente estudiada por el historiador Max Weber, quien, a la sazón, si se definía como un sociólogo [era] «sobre todo para exorcizar el fantasma todavía vivo de los conceptos colectivos.» Sabíamos ya que el concepto enfrentado a esta postura, el concepto de individualidad radical (el ego ipse) frente a un Estado social en germen, había sido notablemente avanzado en el siglo anterior al de las afirmaciones orteguiana y weberiana por el maestro de enseñanza primaria Johann Kaspar Schmidt, cuya personalidad ocultaba bajo el más conocido pseudónimo de Max Stirner. Se me dirá quizá que a qué viene todo esto que acabo de citar y responderé en seguida que, en la misma medida en que lo negamos o lo ignoramos; eso, por un lado. Por otro, que toda exorcización de los «conceptos colectivos» ha de comenzar necesariamente por un análisis del individuo en medio del maremágnum social. Sé que, desde el punto de vista puramente literario, el símil funciona mejor cuanto más alejadas se encuentran la imágenes o los conceptos de los términos comparados. Y sé que el uso de esa estrategia retórica avanza con paso más seguro en la poesía. Por lo tanto, y aunque Marian Raméntol no acuda adrede a la preceptiva poética en ese punto similar, su poesía, sin embargo, tiene mucho que ver con una realidad que se ignora (la ignora su consciencia) y con una exorcización originada asimismo en la subconsciencia. La realidad se le echa a Marian encima con cierta violencia, pero su reconocimiento constituye la respuesta que la poesía dará a la expectativa de quienes encuentran en la palabra un ejercicio colectivo, un concepto que supera por fin lo individual para inscribirse en lo ecuménico.

La realidad de Marian es el dolor; su exorcización es el trance a partir de una llamada al interior desde el exterior verbal: la liturgia es, naturalmente, la palabra; su forma, la abducción por una voz otra que está más allá de su realidad inmediata: esa voz se encuentra en medio del éxtasis del tormento, es una especie de medium, una suerte de chamán por medio del cual aquello que en principio es inmaterial (el dolor) adquiere forma tangible: la tangibilidad material de la palabra, de manera que lo inmanente deviene contingente o, como diría el arúspice romano: in corpus animus est. Citaré al Virgilio de la Eneida para que se me entienda mejor: «mens agitat molem» (= 'la mente mueve el cuerpo'). Naturalmente, toda esta movilización interior que busca en el lenguaje chamánico su forma verbal se debe a un actor, a un yo activo (Marian, sin ninguna duda), a un ego escriptor que funda su carácter en la tradición lírica, pero que rompe esa morfología porque cede la palabra no al yo mismo, (no al ego ipse que citábamos al comienzo), sino al yo Otro, al medium que también citábamos, que en él habita y que le transfiere ese lenguaje adherido a la irracionalidad de una psique soberana que, siendo el mismo (y él mismo), se constituye en el auténtico Otro.


Ha dicho Paul Valéry que La douleur est musique (= 'el dolor es música'). En esta hipérbole escapista hay mucha verdad, pero también hay truco porque el mago ha empleado semejante atributo con finalidad exclusivamente retórica cuyo naipe se ha desvanecido henchido de belleza. No será así en Raméntol; si hay belleza, no hay, en cambio, trampa ni cartón en su criptomnesia verbal; no hay doblez; no hay carta en la manga y, sin embargo, hay misterio. Primaria, decisiva e inaprensible desborda enigmas, pese a que —paradójicamente— este corpus sea para la poeta una concluyente epifanía, una revelación metódica residente en un constante conjuro verbal. Es cierto: su mente mueve su cuerpo porque en éste reside indefectiblemente el ánimo que lo empuja.

Podría extenderme en la pura morfología; en catalogar recursos como la personalización de la materia y de los conceptos (una cabal prosopopeya); en la extensísima colección de imágenes que la combinación léxica de Marian Raméntol acopia en sus poemas; también podría referirme al sesgo irracional de la sintaxis que confiere a los poemas una fisonomía hermética; a la profusión adjetiva; al raudal de referencias simbólicas que desbordaría sin dudarlo los márgenes lógicos de esta exégesis modesta; o, en fin, a la abundancia de paradojas que necesariamente ha de contener un verbo autónomo no sujeto por la brida de la razón.

Pero no lo haré. Me interesa más, mucho más aquel Yo presente, inequívoco, consciente a veces de ser él y suplantado otras por el Otro, o por los Otros. Me interesa, pues, la polifacies de la poeta y ese empeño por hacer del lenguaje metalenguaje, por hacer de sí síes, por multiplicarse casi celularmente y darse nombres, y preguntarse  cuáles, y el porqué.

«Donde la luz picotea mis posibilidades» es un poema que puede tomarse como modelo antonomásico de ese yo múltiple y, por tanto, polifónico que expresa la trascendencia de uno de los contenidos más y mejor caracterizados desde una posición inteligentemente poética: sumergirse en el propio dolor y en su desolación orgánica. Ese Yo es un Yo orgánico en la medida en que la hondura y las superficies del dolor son relativas al cuerpo, a los distintos órganos y morfologías anatómicas del cuerpo. Hago notar que a lo largo de los cincuenta y ocho poemas que contiene Primaria, decisiva e inaprensible he registrado trescientos treinta y cuatro sustantivos (sólo sustantivos; es decir, que excluyo la semántica contextual y otras categorías gramaticales) pertenecientes a la anatomía humana, a una anatomía cuyos enunciados a veces descriptivos son, naturalmente, susceptibles de un análisis patológico; pero —¡ojo!— susceptibles de un análisis preventivo desde su raíz: pathos (= 'pasión') tan cara a la poesía, que es, a la postre, de lo que estamos hablando. En este sentido, podemos referirnos a una poesía antropomorfa que se opone una poesía ontológica; una poesía de la carne que encuentra su onthós precisamente en la profundidad de lo físico, sobre —pero principalmente bajo— la piel; fuera, en la dermis escalofriante, pero dentro, en la entraña, en lo recóndito, en lo invisible. Esta invisibilidad, empero, tiene voz, se deja oír, grita, llama la atención, la demanda, la exige como tributo y, a la vez, como materia de su existencia real: el dolor es su cuerpo de la misma manera que su onthós aristotélico, la mens virgiliana o el animus del arúspice es lo que progresa a lo largo de una propuesta poética hincada en una realidad metamórfica.

En veintinueve ocasiones aparece la raíz mort- (y su evolutivo diptongo -ue-) en los cincuenta y ocho poemas del libro; es decir, esa muerte mortal está presente en el cincuenta por ciento de los poemas. Y ello tal vez porque, en efecto, somos sin duda seres para ese fin, o porque la escritura es el reflejo de nuestra progresiva caducidad en el cronoespejo, o —quién sabe— porque es la única certeza impresa en nuestro código genético e introduce en aquel almacén de nuestra psique remota ese aviso inviolable que deja únicamente al azar la ejecución de su verdad literal. Sea como fuere, Marian Raméntol nos da en Primaria, decisiva e inaprensible una, entre otras, lección de asunciones: no es menuda la del  padecimiento; es crítica la de la oposición de los contrarios en un mismo receptor que es, a su vez, emisor; es contemporánea e inscrita en la perspectiva de la mejor modernidad la constatación de un Yo vario, diverso, múltiple; y es inquietante la de la extinción.

Démosle la bienvenida. Celebrémoslo.

M. Martínez Forega
Zaragoza, febrero 2015