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| Imagen: Estallido de la vena lingual. Propiedad de M. Raméntol |
Anémonas salvajes se entrometen vía mail
a la caza de la más monumental de las emociones,
que asoma su nariz
desde las bandejas de entrada
escrupulosamente serias.
El mundo se traga episodios de planetas vivos
en un cosmos flatulento de estrellas
donde la razón le da puntapiés al raciocinio,
y el tic-tac que nos contamina el cerebro
espera abandonar sus alucinaciones
envuelto en la sangre de lunas llenas.
Hay poemas que despiertan
reconociéndose por su sal y su oxígeno.
La tierra que les ve nacer
fornica a diario con paraísos homicidas
donde los nacimientos se lloran caros.
Hay otros, en cambio,
que no huelen, no exudan,
no tienen piel ni pasaporte,
pero cuando nos enseñan su tarjeta de visita,
los espacios en blanco son balas adiestradas
en herirnos mortalmente las pupilas.
No hay éxtasis donde esconder
la torpeza de la lengua
ni orgasmo que bautice
las arterias del naufragio.
La poesía muere.
Muere por falta de calcio en los huesos,
por exceso de luz amarilla, muere
empachada de violines y princesas,
fenece
poniendo la yema de los dedos,
-aún con olor a sexo-
en el enchufe desprotegido del corazón.
Marian Raméntol
