dilluns 27 de juny de 2011

LOS EPACIOS EN BLANCO SON BALAS ADIESTRADAS EN HERIRNOS MORTALMENTE LAS PUPILAS.



Imagen: Estallido de la vena lingual. Propiedad de M. Raméntol


Anémonas salvajes se entrometen vía mail
a la caza de la más monumental de las emociones,
que asoma su nariz
desde las bandejas de entrada
escrupulosamente serias.

El mundo se traga episodios de planetas vivos
en un cosmos flatulento de estrellas
donde la razón le da puntapiés al raciocinio,
y el tic-tac que nos contamina el cerebro
espera abandonar sus alucinaciones
envuelto en la sangre de lunas llenas.

Hay poemas que despiertan
reconociéndose por su sal y su oxígeno.
La tierra que les ve nacer
fornica a diario con paraísos homicidas
donde los nacimientos se lloran caros.

Hay otros, en cambio,
que no huelen, no exudan,
no tienen piel ni pasaporte,
pero cuando nos enseñan su tarjeta de visita,
los espacios en blanco son balas adiestradas
en herirnos mortalmente las pupilas.

No hay éxtasis donde esconder
la torpeza de la lengua
ni orgasmo que bautice
las arterias del naufragio.

La poesía muere.

Muere por falta de calcio en los huesos,
por exceso de luz amarilla, muere
empachada de violines y princesas,
fenece
poniendo la yema de los dedos,
-aún con olor a sexo-
en el enchufe desprotegido del corazón.


Marian Raméntol

divendres 17 de juny de 2011

Mi poemario, Pancartas incendiarias en mi pecho, recogido en el libro Poemas 2011 del Ayuntamiento de Zaragoza.


Ya está aquí el libro editado por el Ayuntamiento de Zaragoza que recoge los premios Ciudad de Zaragoza 2011, y en el que "Pancartas incendiarias en mi pecho" obtuvo uno de los accésit. La esmerada edición y mis compañeros de viaje en este certamen hacen de este libro todo un regalo para mí.

Os dejo uno de los poemas de Pancartas incendiarias en mi pecho.

ACOSTADA SOBRE EL RELÁMPAGO RECIÉN ABIERTO

El dolor nunca camina solo.

Su sombra pesa como el instinto
último del sol y sus ojos
hieren cual iris de un horizonte
aún no registrado en las pupilas.

El dolor se pronuncia en los amaneceres
cuando el rojo engrana las articulaciones
de las nubes
e inyecta elipses impronunciables
por las grietas del silencio.

El dolor respira más allá de la mirada,
desde dentro prende fuego
a todo cuanto me mide, a la altura
de mi beso, al borrador del cuerpo, al barranco
por donde los labios vadean
locuras precipitadas y mis manos
autografían pedazos de piel, a todo
cuanto me anochece y me desbroza.

Y así quedo dolorida, acostada
sobre el relámpago recién abierto
con gotitas de celofán entre los brazos.