dijous, 20 de juliol de 2017

Federico Gallego Ripoll se adentra en "El Insomnio de los verbos cansados"

Mi admiradísimo Federico Gallego Ripoll, con quien tengo en honor y el placer de compartir versos y palabras desde hace ya unos cuantos años, me ha emocionado nuevamente al hacerme llegar su mirada sobre "El insomnio de los verbos cansados". Una maravillosa "carta regalo", que con su permiso, os comparto, en el bien entendido de que al tratarse de un texto informal y espontáneo, su tono es, obviamente, familiar y cercano. 

Toda mi gratitud por el sentimiento con el que Federico abraza siempre mis andaduras azules, mis barrancos y mis charcos. 



Sobre "El insomnio de los verbos cansados"

>"No hay forma de emboscarse ante tu poesía, esa pura vorágine que desencuaderna cualquier buena o mala intención de entrar en ella como en una corriente de agua salvaje. No hay forma. Es como si de entrada lanzaras cuatro o cinco puñetacitos ajustados a la nariz del lector para dejarlo en ese estado de semiperplejidad que le convierte en territorio donde acontecen todas tus palabras. No, no hay forma. El lector (pongamos, yo mismo) que te conoce y te aprecia y te sigue y te espera siempre con expectación, cree conocer ya tus claves y se dispone marisabidillo a buscarte las vueltas, el andamiaje, el oficio, que sólo es bueno si no se percibe, y una vez más, se da de bruces con la realidad de que si hay un o una poeta capaz de desbordar todos los vasos, todos los mares, todos los grandes saltos, esa eres tú.

Se diría que "El insomnio de los verbos cansados" está escrito en estado de gracia, en un sonambulismo incontenible que te lleva a transitar por el borde de todos los alféizares y a nosotros contigo. Arrebatada y arrebatadora, la poesía te habita y te sobrepasa y te destroza y te reconstruye y te devuelve la inocencia que tienen las asesinas que matan por amor y los místicos que levitan y el estallido que aguarda paciente centenares de años en el vientre expectante del volcán. Pues eso, que no hay manera, ni forma ni camino de hallar tu espalda; todo es puro descaro, pura faz al viento, pura vocación de incendio o maremoto.

De vez en cuando cuelas una reflexión sobre la poesía como para que el lector (pongamos, yo mismo) se confíe y piense, “Bueno, ahora Marian se va a poner reflexiva y nos va a confiar la senda del secreto”, pero no, se trata sólo de una pausa para recuperar el resuello y volver a lanzarnos en pleno pecho una andanada de amor y de tragedia, de “luz aduanera” que se cobra a precio de oro cada mirada, cada leve desguarnecimiento del corazón. Y es que (“todo tú en un preámbulo”) cada poema preludia el territorio de lo que pudiera ser la batalla definitiva en la que, tras vaciar tu aljaba de palabras, empiezas a disparar flechas formadas con retazos de tus propios músculos, flechas de ti, carne, tendones, huesos, flechas que silban en el aire repitiendo la letanía de todos tus amores hasta herirnos de vida y de desastre en el centro del corazón.

¿Cómo obviar tus “manos de onda corta”, tu “declinar amapolas”, la “luz obrera”, los “gritos que se dejan tocar”, “el olor a lejos” y los centenares de cristalitos azules que habitan tus poemas? Es muy difícil salir de ellos, salir de ti, Marian Raméntol, muy difícil. En tu poesía se mezclan todos los licores: la resaca se vuelve interminable y deseada, sutil perversión. 
Todos tus libros continúan girando en torno a mi cabeza, orbitan buscando el momento exacto de atacarme entre dos parpadeos, cuando rendido al alba confundo mi locura con el sonido del despertador y la ducha inmediata y la calle y la gente. Ahí están, Marian Raméntol, insumisos, irredentos, irreverentes, libres, ocupando la nada en la que habito sin querer aquietarse en los estantes.

Hay poetas que nacen para estar siempre de pie, siempre danzando, siempre caminando por la orilla del mar mojándose los bajos de la enagua. Y tú entre ellas, entre ellos, Hécuba siempre arrastrando contra toda pared la muerte interminable de cada palabra dicha, de cada hijo que se nos aleja para ser ya de todos, sin posible regreso.

Cada nuevo libro tuyo me obliga a la relectura inevitable de los libros anteriores, para alcanzar a través de ellos la velocidad adecuada para recorrer los nuevos laberintos sin renunciar al instinto de altura. Así “El insomnio de los verbos cansados” que me va a acompañar durante mucho tiempo, “la boca en llamas”, porque tras las lecturas plenas ha de venir esa otra lectura, que tanto me gusta, de recortar frases concretas, metáforas sorprendentes, que justificarían por sí solas la edición de cada uno de tus poemas. Tu riqueza comunicativa sigue siendo igual de brillante, pero hay un tempo más controlado que permite recibir a cada daga con la lentitud que todo gesto vital y mortal merece. La contención en el ritmo permite una lectura más plenamente eficaz, porque aunque la creatividad se mantiene en el mismo alto nivel que tus libros anteriores, aparentemente se entrega con mayor esfuerzo por contener el brillo, la sorpresa, lo que redunda en una lectura más completa y compleja de tu poesía, como con más facilidad para asimilar cada imagen sin que una nueva venga antes de tiempo a interrumpir el estallido de la previa. En tu poesía “se nos escribe, se nos confiesa y se nos calla”, la interpelación es continua porque tus palabras sirven de acicate a nuestra propia memoria, que responde de inmediato a cada propuesta tuya.

Un universo formidable y terrible, el tuyo, Marian, en el que estamos todos inmersos, como habitantes que somos del mismo miedo y la misma necesidad de esperanza que tú gritas a través de cada uno de tus poemas, hasta cuando los callas.

Un abrazo grandísimo, y toda mi admiración".